viernes, 9 de noviembre de 2007

LA COLUMNA/006

LA PALABRA, ¿EL DARDO?
Con la venia de Fernando Lázaro Carreter, desde niño mamé vocabulario y educación. Las cosas tenían un nombre y los nombres eran palabras. Todas educadas y cabales: así, un negro lo era porque lo era su color (recuerdo los tirones a la capa de mi padre --¡mira, un negro! -- como signo de admiración y orgullo de que tal singularidad se dignase asomar por mi población castellana); el moro era moro por su origen; el gitano (en el pueblo de mi abuelo los había sin sufrir distingo), gitano; el chino (más exótico si cabe), chino; el enano (más tirones a la capa --¡qué señor tan bajito!--), enano y el mongólico (madre, ¿por qué tiene esa cara?: es mongólico, hijo, me decía, sin atisbo de retintín ni lástima, simplemente constatando la evidencia), mongólico. Yo los vi siempre como algo natural y los llamaba por su nombre; al fin y al cabo yo también era bajito como el enano, pelo azabache como el gitano, rasgos residuales de la presencia mora y sensible, quizá por desgracia mucho menos, que el mongólico (tuve un amigo que lo era y con el que jugaba y reñía sin remilgos de ningún tipo) que representaba para mí el paradigma de la bondad y la inteligencia en estado puro. XXXPero me planto en nuestros días y aquellas palabras parecen haberse convertido en dardos: paradoja de un tiempo en que todo tiene que ser socialmente correcto, políticamente correcto, eróticamente correcto, deportivamente correcto... Acabaremos predicando que se debe ser incorrectamente correcto, poca mente... y mucho recto, me parece. Me molesta, me violenta y me enfurece andar buscando sinónimos para designar al moro (magrebí, islamista e incluso alguna vez se me escapa sarraceno –un buen amigo mío moro me reprende y espeta: ¡moro, coño, soy moro!--), al negro (subsahariano, de color --¡qué tontería! si yo, el chino y el maorí también somos de colorines: verde, blanco y amarillo--), al gitano (calé, húngaro –hungaria debe ser un estado universal--) y al mongólico (síndrome de Down). Se me atragantan tales “correcciones” que no son sino IMPRECISIONES y ABERRACIONES SEMÁNTICAS. XXXAsí que desde ahora llamaré a las personas por su correcto nombre. Como mucho anteponiendo el vocablo “amigo” (San Francisco dixit) para alejar de mí cualquier intención de zaherir o insultar. El dardo en la palabra, admirado Fernando, lo reservo para criticar, que también es edificar.

1 comentario:

María dijo...

Estoy de acuerdo casi al cien por cien en lo que dices. Yo también considero que las palabras no tienen más significado que el que tienen y atribuirles un sentido peyorativo es un error. Pero no me disgusta tampoco el que se utilicen algunos sinónimos, no para ser políticamente correctos que ya carga, sino para darles otras connotaciones que además muchas veces nos aportan una información adicional. Si hablamos de un negro, es evidente que es de raza negra lo que casi con toda seguridad quiere decir que nació al sur del Sáhara, o al menos sus ancestros. Pero si añadimos que es etíope o sudafricano o keniano por decir algo, ya sabremos un poquito más de él. ¿No crees?