xxxxx¡Pero no! De improviso apareció una niña (no más de tres años) con un vestido azul que se fundía con el color del cielo. Caminando junto a su padre, la niña reparó en un inválido que, en silla de ruedas, imploraba una limosna. La niña frenó en seco, giró hacia su padre con la mano extendida y le dijo:
xxxxx xxxxx--Dame.
xxxxxEl padre, sin dudarlo, negó y le instó a seguirle; mas la niña conminó:
xxxxx xxxxx--¡Dame!
xxxxxEl padre resistió la andanada y la niña, ya con voz entre metálica acampanada y cristalina punzante, gritó:
xxxxxxxxxx--¡¡Dame!!
xxxxxEl grito brotó de sus entrañas, tan potente, que de su boca surgió una estalactita catapultada hacia los trasluces de la Catedral.
xxxxxRebotó la saeta de agua entre las bóvedas y los cruceros, rodeó el ábside, hizo crujir los misterios del altar mayor y por sus pasadizos arcanos llegó a alterar el sueño de Eulalia, la niña santa que desde siglos no había sentido un frescor tan intenso. Santa Elena se tambaleó en su cimborrio y en su equilibrio inestable suspiró un ¡ay! entre temeroso y condescendiente. Las gárgolas, a borbotones, arrojaron lava en hervor incandescente; las vidrieras tintinearon con rechinar de cristal molido y el Cristo de Lepanto, artero, quebró su cintura al otro lado para evitar el impacto. Las ocas palidecieron más si cabe protegiéndose del puñal de agua con el agua del estanque. La Cruz, callando, otorgaba.
xxxxxEn cada etapa de su frenética carrera, el grito ¡dame! iba depositando una gota de agua que, al instante, se convertía en polvo de oro. Lava y cristales, piedras y maderos, se mudaron en un firmamento de ocre polvillo que se convirtió en un manto.
El viento, como siempre despistado, exhaló la filigrana hacia la puerta y el oro fue a llover sobre atónitos curiosos y palomas.
xxxxxEl padre, atribulado, le dio una moneda a la niña, de azul y oro (como un traje de luces), que dio su óbolo y suspiró satisfecha. El grito “¡dame!” se desvaneció y la estalactita se fundió agotada. La niña se llamaba Fe.
xxxxxUna vez la lógica restaurada, las bóvedas compuestas, las vidrieras enterizas y los cimborrios asentados, la paz se reincorporó a su tarea. Mas yo, acodado en el pretil de la escalinata, todavía estupefacto y absorto, me froté los ojos: por el murete de Santa Lucía se descolgaba una figura informe hasta alcanzar la “cana” y saltar ágilmente al empedrado. Era la jorobada de la Catedral (vox populi es que en toda Catedral que se precie habita un jorobado ilustre) en la que yo, en íntimas e invisibles charlas, había depositado mis ternuras más secretas. Pero esta vez apareció con descaro, llamando a voces a la niña Fe, abriéndose paso a gibazos entre la multitud espantada. Se acercó a la niña, la cogió en sus brazos y le dijo:
xxxxxxxxxx--Vamos
xxxxxxxxxx--¿A dónde?
xxxxxxxxxx--Al lugar donde tendremos que aguardar el día en que los hombres y las palomas abandonen sus cerriles esquemas de prepotencia. Mucho tiempo me temo.
xxxxxLa jorobada, desdentada, descarada esta vez y gruñona siempre, se llamaba Esperanza.
xxxxxxxxxx--¡Esperadme!
xxxxxEra una voz quebrada y jadeante. La silueta, pues silueta era de tan delgada y transparente, era una joven ciega que llegaba apresurada. No tuvo que abrirse paso pues traspasaba los muros y los cuerpos con ectoplásmica dulzura. Y en un efecto dominó cada bolsillo que perforaba eructaba un óbolo a favor del necesitado. Cuando las alcanzó, acarició a la niña Fe, besó a la anciana Esperanza y gritó a los cuatro vientos que se llamaba Caridad.
xxxxxAsí las tres virtudes se fundieron y ocultaron en quien sabe qué pasadizo secreto del templo.
xxxxxMi tarde anodina se transformó en serena sin más inquietud que la de temer que, otra tarde, no viniese a narrarme su cuento la legión de los pecados capitales.
(M. V.)